Todos nos rayamos: solteros, emparejados, casados…

Las rayas son muy cool. Coco Chanel la convirtió en tendencia cuando era un uniforme de trabajo que pasaba desapercibido para los influencers de la época. Ella sí fue una coolhunter visionaria. Unos años más tarde, durante esa década loca en la que muchos nacimos, Jean Paul Gautier adoptó las rayas a sus diseños y lanzó una versión más transgresora y menos naif al mercado. No sólo los franceses ricos gozan de su allure. Las mujeres sin blanca del mundo también tenemos nuestros looks a rayas con la versión de Zara o Mango.

Para los menos entendidos en moda, las rayas no se asocian con la alta costura ni con el low cost, sino con un tipo llamado Wally al que tienes que buscar entre una multitud. Si te decantas por una camiseta de rayas roja que te parece de lo más trendy, probablemente la persona analfabeta fashionista te hará la tópica bromita de Wally o del gondolero de Venecia. Ya se sabe que el ser cool es de lo más relativo, y el humor un don de unos pocos.

Sin embargo, hay un tipo de raya que no mola nada, ni a los fashionistas, ni a los graciosos buscadores de Wally. No me refiero al niño con el pijama de rayas, que corroboro que no mola nada, sino cuando las rayas pueden conjugarse, no combinarse, es decir, se convierten en un verbo. Rayar tiene muchas acepciones, que no voy a describir porque no pretendo dar una clase de lengua, pero me refiero a la definición más común para los millenials y no tan millenials del siglo XXI esa de “me estoy rayando mucho”.

Cuando se está soltera una se raya mucho. “Si seré rara porque no encajo con nadie; si los extraterrestres han absorbido a los hombres del mundo; si no sabré vivir en pareja con tantos años de soltería; si la culpa de todo la tiene mi trabajo plagado de mujeres; si solo quedan los capullos cabrones o los sin sangre apalancados; si Barcelona es el peor sitio del mundo para ligar, si cumpliré 80 años soltera… y una larga lista de rayaduras que me han acompañado desde que cumplí los 24 y se acentuaron a partir de los 30”.

Sin embargo, hablando con otros sujetos con estados diferentes a la soltería, me comentan que también se rayan. “Si no acabo de verlo claro, si tenemos nuestras diferencias, si tenemos visiones distintas, si hay alguien el mundo con el que encajo más, si me enamoro de verdad y después no sale bien, si me abandona, si me aburre y no sé cómo dejarlo, si echo de menos más planes con mis amigas, si ya no puedo hacer lo primero que me apetece…”

Los que tienen hijos también tienen sus rayaduras, al menos esto me dejan caer. “Por qué el niño no se calla ya, a ver cuándo se duerme y tenemos un poco de vida en pareja, como le dé el sarampión yo me muero, como lo secuestren me da algo, como no pase de curso, qué será esa mancha que le ha salido en la barriga…”

Aun así, muchos solteros caemos en la tentación de que las rayaduras son territorio exclusivo de nosotros, pero no es así. Según fuentes consultados, una se pasa la vida rayándose por una cosa u otra, así que a gozar del estado vital presente es la solución al problema. Lo sé, no es nada fácil, una solución facilona es leer el párrafo dedicado al estado distinto a uno mismo para valorar lo que se tiene.

1 Comment

  1. 5 Mayo, 2017  14:45 by Sofi

    Anda que no me habré rayado yo porque fulanito no contesta mis mensajes o porque pepito me da largas... por suerte los solteros no somos los únicos!!! jajaja

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