Resacón en el pueblo

El modo de recibir el nuevo año evoluciona con el tiempo. De pequeña comías las uvas con la familia y después te enchufabas a cualquier gala casposa que daban en televisión. En una noche bailabas por cuadriplicado la misma canción de Bisbal, Julio Iglesias o la Pantoja, cuyo don de la ubicuidad les distanciaba de su condición terrenal expuesta en el papel couché.

Sin embargo, no sé si eran peor las actuaciones o sus conductores, con una especial mención a las presentadoras, que perpetuaban el cliché de mujer objeto con escotes de vertigo, recogidos con kilos de laca, comentarios idiotas y posados artificiosos.

En la adolescencia, sólo pensabas en salir hasta altas horas de la madrugada y desayunar con los amigos en el bar grasiento de una gasolinera. Ahorrabas todo el año para gastarte 120 euros por entrar a una discoteca de moda entre los de tu generación. Empujones para entrar, colas para dejar el abrigo, gritos para hablar con el de al lado y una inevitable sordera a la hora de escuchar al chico que te hacía gracia.

Al cabo de unas horas, los tíos iban sin corbata, nosotras descalzas, unos se estaban enrollando en una esquina, otros potando en la otra y, en la tarima, una gogó (que daba pena) bailaba de un modo sexy mientras se creía que estaba muy buena. Otra vez cola para recoger el abrigo –la mitad no encuentraba su número por el pedal que llevaba– y a esperar con un frío helador a que tus padres te viniesen a buscar después del desayuno.

El fin de año ideal sería aquel que pasas esquiando y alojándote en una casa de la montaña con chimenea. Alguna vez me he apuntado a un plan parecido pero, la realidad, es que sufro muchísimo con los esquís –recordemos que soy tirando a patosa- y gasto tanto dinero en dos días –recordemos que soy periodista- que tengo que renunciar a mis queridas rebajas y a unos días de calefacción en el piso.

BridgetJonesEsqui_IsaPiBlog

Estos últimos años he optado por la cena tranquila con los amigos de toda la vida del pueblo. No obstante, mi plan no salió del todo bien ayer. A última hora, la otra soltera del grupo cogió unas repentinas anginas. Esto significaba que terminaría el 2013 y empezaría el 2014 rodeada de casados, padres primerizos, parejas, prometidos y novios. En otras palabras, cualquier ápice de fiesta e interés naufragaba en aguas estancadas. Me sentí una alienígena para cada una de las conversaciones, donde las palabras predominantes eran bebés, bodas, embarazos, Ikea, viajes en pareja y proyectos de futuro en común.

En el algún momento intentaban integrarme en el grupo de un modo poco alentador: buscándome un novio, dándome técnicas de ligoteo –en teoría más eficaces que las mías– o recriminándome que soy demasiado exigente con los hombres.

A pesar de ello, la peor parte llegó cuando los primeros segundos del nuevo año me autodeseé un feliz 2014, bebiéndome mi copa de cava, porque cada uno de ellos estaba abrazando con fuerza a su correspondiente pareja. Espero que esta accidentada entrada al 2014 no sea un preludio de los acontecimientos que me esperan, porque albergo en ellos mucha esperanza.

Esta mañana me he levantado con un enorme resacón, no por el vino y la ginebra sino por aquellos comentarios intrascendentes para mí que han retumbado toda la noche en mi cabeza. Y, una vez más, he llegado a la conclusión de todos los años: menos la primera noche del año, todas pueden ser noches mágicas. El próximo año, creo que me pondré un pijama de seda rojo y me iré a dormir pronto.

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